Nota publicada en el diario “El Comercio”
Por: Raúl Diez Canseco Terry*
Hace 20 años, el 9 de noviembre de 1989, cayó el Muro de Berlín que dividía al planeta en dos extremos: el capitalismo y el comunismo. Con este hecho el mundo cambió para siempre y ese mismo día se inició en todo el orbe una intensa renovación de principios y valoraciones, de creencias y de sistemas políticos y modelos de desarrollo. Además, el derrumbe no solo trajo consigo el fin de la Guerra Fría entre dos potencias que dominaron el siglo XX, a saber por un lado Estados Unidos y por otro la Unión Soviética, sino también el imperio de la libertad, de la democracia y del sistema económico basado en la economía de libre mercado.
En numerosas naciones, por entonces llamadas del Segundo o Tercer Mundo como era el caso del Perú, la resonancia fue decisiva, ya que el referente comunista al cual apelaban los partidos de izquierda y de ultraizquierda había colapsado.
¿Pero qué hizo que después de más de 60 años el famoso muro que dividía a dos naciones en una misma ciudad, Berlín, cayera sin atenuantes y con ello simbólicamente una filosofía de vida?
Sin duda, un largo proceso, una evolución histórica en la que participaron millones de personas militantes en valores y principios democráticos y cientos de miles de líderes creyentes en una visión multipolar de las cosas. Por ejemplo, uno de ellos fue Mijaíl Gorbachov, entonces presidente de la URSS y artífice de la reforma política que engulló al comunismo totalitario. En general, son las luchas de los colectivos sociales y de los líderes políticos con visión de futuro los que marcan la pauta de la evolución de los ideales democráticos.
¿Nos preguntamos qué habría pasado a lo largo de la historia de la humanidad si los líderes democráticos hubieran arriado banderas en el primer obstáculo? ¿Cuál habría sido el destino de la humanidad sin la convicción y la pasión de los buenos políticos, sin el coraje y el combate, la rebeldía e incluso la sangre derramada cuando, por ejemplo, se encara al narcoterrorismo? La humanidad, sin duda, habría caído o en las garras del fascismo o del comunismo. O en las masacres de Pol Pot o en cualquier totalitarismo o dictadura de cualquier pelaje, cuyas consecuencias conocemos.
Gracias a los mentores políticos y gracias a la lucha de larga data de los demócratas del mundo es que hoy respiramos esa libertad que es parte inseparable de la existencia humana y de la acción racional de cada ser. Y gracias también a esa libertad y a la democracia política, los colectivos sociales han logrado numerosas conquistas como la seguridad social y laborales como la jornada de las ocho horas. Los derechos humanos se concretaron en universales y se abolió el esclavismo y la segregación racial (“apartheid”).
Los peruanos reconocemos en todos esos líderes mundiales su valía, el ejemplo, ejecutoria y vidas fecundas; y sobre todo los jóvenes deben saber que si bien hubo y hay políticos que decepcionan las expectativas de los pueblos, hubo luchadores demócratas que ofrendaron sus vidas por la libertad y hay quienes todavía batallan por sus principios al servicio de la sociedad, del bien común y de las buenas prácticas de gobierno.
Por eso es que quienes conducimos en el Perú instituciones académicas, cuya universalidad de su credo es plural y abierta, hemos dado el primer paso para hacer justicia en vida a cuatro queridos personajes de la política y de la intelectualidad nacional. Esperamos que nuestra convicción sea repetida por otras instituciones, educativas o no, en señal de gratitud hacia quienes son parte de ese puñado de pioneros del siglo XX, que han contribuido a la grandiosidad de este país llamado Perú y siguen apostando por consolidar los cimientos de nuestra aún adolescente democracia.
Ese primer paso de reconocimiento se da en memoria del presidente Fernando Belaunde. Sabido es que el arquitecto alejó en su estilo de hacer política las desconfianzas y las discordias. Por el contrario, optó por la búsqueda de los consensos y el diálogo para que el Perú tenga gobernabilidad, y para que la democracia futura no se reduzca solamente a la elección de autoridades cada cierto período.
En consecuencia, creemos que nuestra juventud se merece el recuerdo grato y permanente de peruanos que han sido distinguidos con el Galardón Fernando Belaunde, creado con el objetivo de impulsar valores democráticos y rescatar en todo el territorio patrio a quienes lo personifican. Se trata en esta primera oportunidad de ciudadanos ilustres, de preclaros líderes y de hombres buenos.
En suma, se trata de peruanos cuajados en la lucha social como don Armando Villanueva del Campo, en la defensa de la ley como don Luis Bedoya Reyes, en la expansión de la filosofía humanista como don Francisco Miró Quesada Cantuarias y en el liderazgo mundial como don Javier Pérez de Cuéllar.
Todos ellos, no obstante la diversidad en cuanto a credos, ideales, estilos, profesiones y quehaceres, han sabido entregarnos vidas ejemplares que nos reportan lecciones profundas.
Resumen, en principio, de más de 300 años de sabiduría, de valentía y de lucha ejemplar por defender en el Perú la democracia y la libertad. A todos ellos el merecido reconocimiento nacional y la especial gratitud de una generación mejor preparada y más informada. Y ante el desafío lanzado por don Armando Villanueva para buscar y encontrar coincidencias que posibiliten la unidad en torno a un proyecto político nacional que asegure buenas prácticas de gobierno, diré que su mensaje no ha caído en saco roto. Todo lo contrario, mediante las universidades los peruanos seremos capaces de unir esfuerzos y vertebrar una propuesta que contribuya con la gobernabilidad del Perú.
(*) Ex vicepresidente de la República
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