Crónica del Diario El Comercio
En está crónica, ante la actual situación que vive nuestro país, relatan la situación que le toco vivir a Raúl Diez Canseco en su entonces condición de Vicepresidente de la República.
Aquí un extracto:
“El Arequipazo”
Del 14 al 18 de junio del 2002 la violencia imperó en Arequipa. El motivo: el entonces presidente Alejandro Toledo decidió privatizar la empresa generadora de energa eléctrica ÉGASA sin realizar la consulta previa respectiva. Ademas, como si eso no fuera suficiente, el 16 de mayo del 2001, cuando aún era candidato presidencial, Toledo había firmado un documento en el que se comprometia a no ejecutar esa privatización.
Al ver que es mandatario no tenía ninguna intención de cumplir con su palabra, los arequipeños, liderados por el Frente Amplio Cívico de Arequípa (FACA), decidieron movilizarse. El resutado: dos civiles muerto y más de 30 millones de dólares en daños a la propiedad pública y privada.
“Nos movilizamos en orden, pero, lamentablemente personas ajenas a nuestra causa se infiltraron para generar caos”, recuerda el presidente regional de arequipa, Juan Manuel Guillén, quien en ese entonces era el alcalde provincial de la ciudad blanca.
Luego de 5 días de desmanes, se instaló unamesa de diálogo. A un lado estaban el primer vicepresidente de la República, Raúl Diez Canseco, y los ministros Diego García Sayán (Relaciones Exteriores), Aurelio Loret de Mola (Defensa), Fernando Carbone (Salud) y Nicolás Lynch (Educación). Al otro, los representantes del pueblo arequipeño encabezados por Guillén, y al medio, monseñor Fernando Vargas de Somocurcio, el padre Gastón Garatea y Jorge Santistevan, ex defensor del pueblo.
“Si no hubiese sido por monseñor Vargas Ruiz de Somocurcio no sé qué hubiese pasado. El gobierno no estaba dispuesto a escucharnos, y la confianza que en un inicio le tuvimos estaba por los suelos”, comenta ahora Guillén.
Garatea recuerda que la negociación fue dura, “casi 20 horas”, pero que finalmente se pudo llegar a un acuerdo: la no provatización de Egasa.
“Las partes, en una mesa de diálogo, deben estar dispuestas a dejarse atravesar por la palabra de otro. Deben estar convencidas de que las otras personas sentadas al otro lado son valiosas y no deben ser desperdiciadas. De otro lado, los mediadores deben ser neutrales, deben despojarse de la simpatía que puedan sentir hacia una de las partes. Eso es difícil, pero no imposible”, indica.